Jaime Sabines, la noche oscura y fría tiró un bulto en el umbral de su puerta: mire bien, soy un herido de muerte, un herido de amor –el neurótico freudiano-.
Ya me ha descrito usted en la página diecinueve: enamorado loco, de la especie que siempre busca y nunca ha de encontrar.
Precisamente.
Disculpe que lo prive de su ensueño de amapolas blancas, me habría negado a incomodarle de no haber sido porque me muero.
Al calcular el diámetro de mi soledad comprenderá la importancia de que lo haya designado mi poeta de cabecera y en mi atrevimiento me permito recordarle lo que pasó por su mente cuando besaba los pies de una linda mujer:
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Estará de sobra añadir que luego de contemplar las sábanas vacías escribió: ¡pero qué solos estamos!
¿Tendrá la piedad de atenderme?: esta morfina que hace efecto en los demás hombres es inútil para mí, por lo tanto, es justo y necesario leerlo a usted.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Estará de sobra añadir que luego de contemplar las sábanas vacías escribió: ¡pero qué solos estamos!
¿Tendrá la piedad de atenderme?: esta morfina que hace efecto en los demás hombres es inútil para mí, por lo tanto, es justo y necesario leerlo a usted.
Repito con la fe de un ciego y la clarividencia de un profeta: un verso en la cantidad suficiente ha de curarme -le quedaré eternamente agradecido si también logra erradicar mi adicción a los paliativos-.
Deme un poema o hágame el favor de indicarme en dónde encontrar una escalera que me lleve a la luna.
