¿Es amar un arte? Por tal supuesto principia el libro más celebrado de Erich Fromm, El arte de amar. Erich Fromm, un analista del individuo –aunque también podríamos decir un apologista del individualismo humanitario-, tuvo siempre en consideración el influjo determinante de la cultura sobre su conducta, muchas veces enfermiza debido a los fracasos de aquella. En lo tocante a esta experiencia única y vital, Fromm sigue la misma línea de antes y asegura que el entorno ha ofuscado el concepto del amor, el cual es desvirtuado por la filosofía del capitalismo preponderante. El autor señala que ha sido minimizado por la cultura moderna y que apenas ha merecido algunas palabras de la psicología para elucidarlo, particularmente de los psicoanalistas, quienes subestimando el papel que ocupa en nuestra existencia lo han relegado al campo de las sublimaciones. Subraya, además, que si bien el amor es un estadio anímico también es conocimiento. Y el conocimiento es aprendizaje, de lo que deduce que el amor puede perfeccionarse si realmente estamos dispuestos a dedicarnos a él, a dejar atrás, entre otras cosas, el egoísmo que nos absorbe y aniquila, egoísmo que se manifiesta de ordinario en muchos hombres y mujeres que suponen que dar es lo mismo que recibir. El problema del individuo no sólo radica en su egoísmo, que habitualmente confunde con el acto de amar, sino que hunde sus raíces en una herencia infausta, la terrible sensación de abandono y soledad que Fromm llama separatidad. La separatidad es un malestar significativo en el hombre que demanda solución y que suele vivenciarse como aislamiento. De atacarla indebidamente o de restarle importancia, puede convertirse en el germen de una patología, es por sí sola capaz de sumir a un sujeto en la depresión, y bajo condiciones netamente médicas, es un efecto correlativo a la psicosis: la incapacidad del sujeto para la creación de lazos objetivos -o razonablemente subjetivos- entre el Yo y el mundo-. Es por lo anterior que necesitamos desesperadamente de un algo, de un contenido para llenar el Gran Vacío, y este algo que elijamos será una respuesta al alcance de nuestras inmediatas disposiciones psíquicas. Un pasaje bíblico nos recuerda que la separatidad fue el precio de transgredir una Ley divina: cuando Adán y Eva comieron de la manzana prohibida, su padre los castigó abandonándoles, en ese momento se desgarró el telón del paraíso –en el que cada uno de los seres que lo habitaban componía la Unidad-, y los que alguna vez vivieran en armonía dentro de un mundo unitario, igual que dentro de una campana de cristal, quedaron desnudos y vulnerables, a merced del frío y la separatidad. Puede decirse que, después del nacimiento, semejantes a Adán o Eva, nos convertimos en exiliados del vientre materno. Surge entonces una pregunta: ¿Cómo superar la separatidad? ¿Cómo reconciliarnos con el Todo? Hay que tener en cuenta que las respuestas son tantas como alternativas se nos ofrecen a cada paso y que no pocas veces tomamos decisiones equivocadas que nos alejan aún más de la respuesta. Por ejemplo, un gran número de personas abusan de las drogas o del sexo para mitigar la separatidad, pero la ineficacia de éstos expedientes -en el fondo son simulaciones de corta duración- dilata el acercamiento entre el individuo y el mundo. A propósito de uno de estos medios que pretenden anular la separatidad, el sexo, es harto engañosa la relación que guarda con el amor. El sexo es el acto resultante de una tensión biológica que busca una descarga y al propio tiempo una gratificación, mientras que el medio y el fin del amor es la expresión de su fuerza anímica y espiritual –dije expresividad y no descarga porque aquí no se presenta una tensión desagradable-, es el uso de energía libre que se traduce en gestos multiformes y constructivos. El inconveniente de no diferenciar ambos procesos lo sufren aquellas personas que buscan el amor a través del sexo y que, un tanto paradójicamente, nunca están satisfechas. Por el contrario, cuando las corrientes del amor y el sexo se funden en una sola experiencia, la corporeidad y la espiritualidad se reconcilian magistralmente en el hombre.
En el amor el hombre encuentra el punto de unión anhelado y suprime la separatidad. El amor es un puente, el amor es productivo -el amor se caracteriza por ser un afecto dinámico-. Cuando amo, los diques de mi Yo se rompen y me desbordo hacia el exterior: fluyo igual que la marea alta. El amor maduro del individuo se puede definir fácilmente, representa el dar, y el amor inmaduro -o pasivo- el recibir. Es lícito gozar de lo recibido, saborear los bienes del amor, pero el que ama de verdad quiere más bien darse, entregar lo mejor que tiene de sí. Creo que Fromm convendría conmigo al identificar en la entrega incondicional del yo un parentesco más entre el arte y el amor, porque el artista se vale de sus mejores dotes para crear un cuadro o una escultura, y el amante de sus mejores cualidades y aptitudes para satisfacer al otro. A este respecto, me pareció sumamente interesante y revelador escuchar a una amiga referirme que durante el comercio sexual con su novio, a ella le parecía más valioso complacer que recibir placer –cabe señalar que no sugería con sus palabras un binomio excluyente-. Por mi propia experiencia, me he percatado de que cuando amo y me entrego a Otro -que ya no me es ajeno- me siento afín a un sentimiento de realización.
Pero el alcance del amor no es privativo, no se circunscribe a una sola persona, es gasto, abundancia, se extiende y se despliega, por decirlo así, como las ramas de un árbol bajo el cielo, porque el amor incluye y no excluye, integra, recordemos nuevamente que para Erich Fromm el amor es la contraparte del egoísmo. En el segundo capítulo del libro, tras haber elevado al amor a la categoría de arte, Fromm caracteriza y desarrolla sus singularidades a partir de cuatro elementos que fungen como los pilares sobre los que se sustenta: el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento.




