lunes 16 de noviembre de 2009

El Arte de Amar I



¿Es amar un arte? Por tal supuesto principia el libro más celebrado de Erich Fromm, El arte de amar. Erich Fromm, un analista del individuo –aunque también podríamos decir un apologista del individualismo humanitario-, tuvo siempre en consideración el influjo determinante de la cultura sobre su conducta, muchas veces enfermiza debido a los fracasos de aquella. En lo tocante a esta experiencia única y vital, Fromm sigue la misma línea de antes y asegura que el entorno ha ofuscado el concepto del amor, el cual es desvirtuado por la filosofía del capitalismo preponderante. El autor señala que ha sido minimizado por la cultura moderna y que apenas ha merecido algunas palabras de la psicología para elucidarlo, particularmente de los psicoanalistas, quienes subestimando el papel que ocupa en nuestra existencia lo han relegado al campo de las sublimaciones. Subraya, además, que si bien el amor es un estadio anímico también es conocimiento. Y el conocimiento es aprendizaje, de lo que deduce que el amor puede perfeccionarse si realmente estamos dispuestos a dedicarnos a él, a dejar atrás, entre otras cosas, el egoísmo que nos absorbe y aniquila, egoísmo que se manifiesta de ordinario en muchos hombres y mujeres que suponen que dar es lo mismo que recibir. El problema del individuo no sólo radica en su egoísmo, que habitualmente confunde con el acto de amar, sino que hunde sus raíces en una herencia infausta, la terrible sensación de abandono y soledad que Fromm llama separatidad. La separatidad es un malestar significativo en el hombre que demanda solución y que suele vivenciarse como aislamiento. De atacarla indebidamente o de restarle importancia, puede convertirse en el germen de una patología, es por sí sola capaz de sumir a un sujeto en la depresión, y bajo condiciones netamente médicas, es un efecto correlativo a la psicosis: la incapacidad del sujeto para la creación de lazos objetivos -o razonablemente subjetivos- entre el Yo y el mundo-. Es por lo anterior que necesitamos desesperadamente de un algo, de un contenido para llenar el Gran Vacío, y este algo que elijamos será una respuesta al alcance de nuestras inmediatas disposiciones psíquicas. Un pasaje bíblico nos recuerda que la separatidad fue el precio de transgredir una Ley divina: cuando Adán y Eva comieron de la manzana prohibida, su padre los castigó abandonándoles, en ese momento se desgarró el telón del paraíso –en el que cada uno de los seres que lo habitaban componía la Unidad-, y los que alguna vez vivieran en armonía dentro de un mundo unitario, igual que dentro de una campana de cristal, quedaron desnudos y vulnerables, a merced del frío y la separatidad. Puede decirse que, después del nacimiento, semejantes a Adán o Eva, nos convertimos en exiliados del vientre materno. Surge entonces una pregunta: ¿Cómo superar la separatidad? ¿Cómo reconciliarnos con el Todo? Hay que tener en cuenta que las respuestas son tantas como alternativas se nos ofrecen a cada paso y que no pocas veces tomamos decisiones equivocadas que nos alejan aún más de la respuesta. Por ejemplo, un gran número de personas abusan de las drogas o del sexo para mitigar la separatidad, pero la ineficacia de éstos expedientes -en el fondo son simulaciones de corta duración- dilata el acercamiento entre el individuo y el mundo. A propósito de uno de estos medios que pretenden anular la separatidad, el sexo, es harto engañosa la relación que guarda con el amor. El sexo es el acto resultante de una tensión biológica que busca una descarga y al propio tiempo una gratificación, mientras que el medio y el fin del amor es la expresión de su fuerza anímica y espiritual –dije expresividad y no descarga porque aquí no se presenta una tensión desagradable-, es el uso de energía libre que se traduce en gestos multiformes y constructivos. El inconveniente de no diferenciar ambos procesos lo sufren aquellas personas que buscan el amor a través del sexo y que, un tanto paradójicamente, nunca están satisfechas. Por el contrario, cuando las corrientes del amor y el sexo se funden en una sola experiencia, la corporeidad y la espiritualidad se reconcilian magistralmente en el hombre.

En el amor el hombre encuentra el punto de unión anhelado y suprime la separatidad. El amor es un puente, el amor es productivo -el amor se caracteriza por ser un afecto dinámico-. Cuando amo, los diques de mi Yo se rompen y me desbordo hacia el exterior: fluyo igual que la marea alta. El amor maduro del individuo se puede definir fácilmente, representa el dar, y el amor inmaduro -o pasivo- el recibir. Es lícito gozar de lo recibido, saborear los bienes del amor, pero el que ama de verdad quiere más bien darse, entregar lo mejor que tiene de sí. Creo que Fromm convendría conmigo al identificar en la entrega incondicional del yo un parentesco más entre el arte y el amor, porque el artista se vale de sus mejores dotes para crear un cuadro o una escultura, y el amante de sus mejores cualidades y aptitudes para satisfacer al otro. A este respecto, me pareció sumamente interesante y revelador escuchar a una amiga referirme que durante el comercio sexual con su novio, a ella le parecía más valioso complacer que recibir placer –cabe señalar que no sugería con sus palabras un binomio excluyente-. Por mi propia experiencia, me he percatado de que cuando amo y me entrego a Otro -que ya no me es ajeno- me siento afín a un sentimiento de realización.

Pero el alcance del amor no es privativo, no se circunscribe a una sola persona, es gasto, abundancia, se extiende y se despliega, por decirlo así, como las ramas de un árbol bajo el cielo, porque el amor incluye y no excluye, integra, recordemos nuevamente que para Erich Fromm el amor es la contraparte del egoísmo. En el segundo capítulo del libro, tras haber elevado al amor a la categoría de arte, Fromm caracteriza y desarrolla sus singularidades a partir de cuatro elementos que fungen como los pilares sobre los que se sustenta: el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento.

domingo 15 de noviembre de 2009

Jaime Sabines, "Me Dueles"




Mansamente, insoportablemente, me dueles.
Toma mi cabeza, córtame el cuello.
Nada queda de mí después de este amor.

Entre los escombros de mi alma búscame,
escúchame.
En algún sitio mi voz, sobreviviente, llama,
pide tu asombro,
tu iluminado silencio.

Atravesando muros, atmósferas, edades,
tu rostro (tu rostro que parece que fuera cierto)
viene desde la muerte, desde antes
del primer día que despertara al mundo.

¡Qué claridad tu rostro, qué ternura
de luz ensimismada,
qué dibujo de miel sobre hojas de agua!

Amo tus ojos, amo, amo tus ojos.
Soy como el hijo de tus ojos,
como una gota de tus ojos soy.
Levántame. De entre tus pies levántame, recógeme,
del suelo, de la sombra que pisas,
del rincón de tu cuarto que nunca ves en sueños.
Levántame. Porque he caído de tus manos
y quiero vivir, vivir, vivir.

sábado 14 de noviembre de 2009

Ocurrencias y Pensamientos: Somos una obra de arte


La eterna pregunta que consciente o semiconscientemente nos hemos hecho todos, "¿cuál es el propósito de mi vida?", la misma pregunta que un sinnúmero de veces he oído mentar, es un síntoma de lo que somos, una conducta corriente que tiene un origen natural además de un denominador común: la necesidad inherente a nuestra esencia humana por comprendernos y ubicarnos en relación al espacio y al tiempo. La pregunta es importante porque nos encamina hacia el futuro -¿a dónde vamos?-, y realmente sólo puede hallar un eco en el pensar o en el sentir del hombre mismo, en su esfera individual, y nunca por completo a través de entidades externas -políticas, económicas o religiosas, etc.- que las más de las ocasiones, esgrimiendo la autoridad o empleando alguna clase de persuasión malintencionada y subliminal -que entraña fines egoístas como el consumismo de la era presente-, restringen el campo de acción de la libertad, el cual comienza por el pensamiento libre, el que no sujeto a dogmas u otra clase de limitantes se atreve a cuestionar. Bien es cierto que hay grupos de personas que se entregan y se afanan por un dios o un sistema político, y con ello dicen haber adquirido un sentido de vida que se siente colmado, lo cual puede ser cierto en parte, pero al margen de cualquier sociedad o institución, los hombres son individuos que piden algo más que los complete: un sentido de vida propio, no compartido -además, esto sería imposible a pesar de los deseos de los que promueven la homogeneidad, porque son las vivencias individuales las que tejen el sentido de vida-. El individuo piensa y siente como sólo él puede hacerlo; en la colectividad, enarbolando una bandera o vistiendo un uniforme, es una porción de la masa indiferenciada. Visto de otro modo y a través de un ejemplo, si un individuo es compositor, vamos a decir un Beethoven, dará al mundo obras que serán valoradas por su hechura pero también y en gran medida por la cualidad de ser únicas e irrepetibles -no hay ahora ni habrá nunca más otro Beethoven-. Creo también que la vida es una obra de arte y que cada individuo escribe una novela con sus acciones; las circunstancias del azar son las vicisitudes que lo enfrentan en tanto que personaje -podríamos decir, las que sugieren el género: tragedia, comedia u otro-, y sus decisiones, las que guían la historia hacia su final. Ésta, sin embargo, no puede prescindir de la reflexión, que no es otra que la nuestra, la del autor, y, gracias a la lectura individual y a los consiguentes juicios de valor, podremos dotar a los acontecimientos de ese sentido que buscamos -y encontraremos exactamente lo que busquemos-.

lunes 2 de noviembre de 2009

Un Condenado a Muerte



Para Relato Comansi

As Samawah, Irak.- En este diminuto pueblo al sur de Bagdad, Abdel Bari, profesor del la única escuela de jóvenes en la región, fue acusado de propagar ideas que atentan contra la fe mahometana, por lo que luego de un juicio breve en el que dicho implicado rehusó emitir comentario alguno, las autoridades religiosas, encontrándolo culpable, lo sentenciaron a la pena capital. Escoltado por cuatro lugareños, Abdel fue llevado a una humilde casa de barro donde pasará siete días y siete noches. Jalil, uno de los líderes musulmanes que desempeñó un papel importante en el juicio, se refirió al enclaustramiento como un castigo que le permitirá estimar la magnitud de sus ofensas.

Un familiar de Abdel Bari, quien me pidió mantener su identidad en el anonimato por razones de seguridad antes de acceder a la entrevista, explicó que en el trasfondo de aquella parafernalia se ocultaba una personal animadversión de Jalil contra Abdel Bari que inició el día en que éste impidió a una turba furiosa lapidar a una muchacha.

–Era una mujer que despreció al pillo de Jalil –dijo en voz baja, como si temiese que las paredes de su cuarto pudieran oírle-. Un día, el padre encomendó a la mujer traer agua de una fuente cercana, y obedientemente, ella caminó hacia el lugar preciso y se inclinó para recogerla, pero entonces Jalil, que la había estado acechando desde hacía tiempo atrás, intentó sujetarla para dar gusto a sus demonios. Sin embargo, la presa inocente era más fuerte de lo que pensó, ya que con un ágil movimiento se libró de sus manos y le hirió en el abdómen con un puñal que ocultaba debajo de su vestido –mi interlocutor se echó para atrás y frunciendo el ceño me miró con una severa expresión que infundía miedo-: Jalil es un farsante que deshonra el nombre de Allah.

Por otra parte, Jalil se autoproclama un “simple servidor de Dios”, y con respecto al señor Abdel Bari, dice sentirse satisfecho porque no se pervertirá más el alma de la juventud.

También recabé información acerca de Jalil gracias a uno de sus allegados que se mostró particularmente dispuesto a conversar con un extranjero que sabía tan poco de los musulmanes। Jalil nació en una desaparecida provincia que colindaba con As Samawah. Su padre era un teólogo brillante, un eminente maestro que enseñó a su primogénito a respetar y amar sus tradiciones religiosas. -Cuando tenía siete años de edad –dijo levantando el dedo índice- arrojó sin titubear la primera piedra a una tía suya que deshonró a su marido, dando así, para orgullo de su familia, un prueba tangible de que amaba a Dios sobre todas las cosas-. Continuó refiriendo otros capítulos de su adolescencia que daban ya muestras claras del carácter resuelto que configuró la personalidad de Jalil, y era por cierto muy interesante y a la vez harto confuso para mí, en este lugar de costumbres bárbaras y cruentas, que se hablase de la espiritualidad con tal sumisión y reverencia.

Entretanto, Abdel Bari, sentado en un rincón de la casa, tiene los ojos apretados como un puño; concentrado en pensamientos ignotos, a lo que se ve no le intranquilizan las consignas que se elevan como la arena entre las dunas desérticas.

Envuelto por los rayos del sol, Jalil contempla el maravilloso cielo azul por un momento y dice que la muerte purifica al hombre; acto seguido, se aparta del umbral de la puerta para que otro que se halla junto a él dirija la misma arenga hacia el pueblo congregado: los ojos de las mujeres miran con recato a través de la estrecha rendija del burka, y los rostros y las manos entrecruzadas de los hombres denotan recogimiento. Detrás del grupo solemne de vestiduras blancas y negras que flotan como banderas sobre mástiles, hay un temible tanque color arena y unos soldados americanos que hacen el rol de testigos desinteresados –es como si observasen otra vieja e ininteligible historia árabe-. Uno de ellos me mira con detenimiento. De la bolsa de su chaqueta saca un cigarrillo y sonriendo me pregunta si soy inglés.

domingo 18 de octubre de 2009

Si pudiera


Si pudiera esperarte, esperaría, y si pudieras volver aquí, volverías, porque si estuviésemos juntos, querríamos sentir el bello atardecer bajo la dulce arboleda de pájaros.

Día tras día te busco en la multitud, día tras día sólo mi sombra me acompaña.

Si yo nunca fuese a morir esperaría, pero aunque mi amor es perpetuo mi alma languidece, ven pronto.

Cuando vuelvas a mí y estemos juntos, no esperaré más, dormiremos con el rumor de un bello atardecer bajo la dulce arboleda de pájaros.

domingo 20 de septiembre de 2009

El Sueño del Muñeco


Una mujer que tenía la costumbre de soñar con harta frecuencia y con quien me unía un vínculo de naturaleza romántica me refirió un sueño con el propósito de que develara su significado. La temática de los sueños nos entusiasmaba en aquel entonces y acepté gustoso a pesar de que desconfiaba muy sinceramente de mis habilidades para ello.

Esclarecer el contenido de los sueños requiere objetividad y paciencia, sólo mediante una escucha activa es posible seleccionar después el material útil y diferenciar lo trascendente de lo intrascendente, con lo que las conexiones y los significados quedan establecidos. Diríase que, por analogía, interpretar un sueño es semejante a picar una piedra con un cincel buscando una regularidad, una forma que lentamente y por sí sola irá mostrándose a los ojos del espectador.

Facilitada por el contexto del que los dos éramos partícipes, la interpretación se dio naturalmente y de hecho ella misma pudo haberlo interpretado de no haber sido por la censura que le impidió extraer sus propias conclusiones:

Tu familia y yo nos encontramos en una estancia oscura que es repugnante por una razón desconocida. Las paredes y el suelo son negros, solamente una ventana permite que la luz se filtre en el lugar. Después de haber estado mucho tiempo ahí –me pareció que fueron meses- la puerta se abre y salimos a un lugar iluminado en donde hay otras personas, creo que estamos en una fábrica. Un señor nos guía y nos entrega piezas de plástico y agujas, tú y yo hacemos un muñeco.

El “Sueño del Muñeco”, si se me permite llamar así a este singular relato onírico, se explica por la circunstancia de nuestro noviazgo y por el contenido del sueño. Respecto a lo primero, considérese que dicha mujer fantaseaba con casarse y formar una familia con el hombre que amara, que repetidas veces imaginó que éramos marido y mujer. Ya que la venida de un hijo representaba para ella un progreso en toda relación seria -pues la pareja decide o no consolidar un núcleo familiar-, no es de extrañar que deseara hacer un muñeco: hacer el amor, hacer un hijo. Otros puntos de referencia aluden al estado de gestación: la estancia oscura –el vientre materno-, la prolongada espera –“me pareció que fueron meses”-, la ventana por la que se filtra la luz –dar a luz-, la fábrica. En el “Sueño del Muñeco” ha de invertirse el orden de las escenas y se tendrá el curso auténtico que va del acto sexual a la procreación.

sábado 19 de septiembre de 2009

Ocurrencias y Pensamientos



Quien no tiene nada que perder tiene todo por ganar.





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Los individuos que emplean la adulación como recurso para obtener lo que desean normalmente alcanzan resultados favorables a su suerte si su objetivo es endulzado por las golosinas de que se nutre la Egolatría; sólo una cosa escapa de las manos de los aduladores y esto porque su naturaleza les impide ambicionarla: Dignidad.



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Pienso que una persona madura no es necesariamente la que asume mayores responsabilidades sino aquella que quiere asumirlas. Hay responsabilidades que sólo en apariencia lo son, pues muchas de éstas pseudo responsabilidades son más bien consecuencias inevitables, verbigracia los embarazos no deseados en los que para la mujer el aborto es imposible por razones médicas o jurídicas –si bien hubo antes de tomar una decisión, la de tener relaciones sexuales, luego se percata de que el embarazo es ya una consecuencia inevitable, siendo posteriormente coaccionada por la sociedad para que obre de un modo único y particular-.

Las verdaderas responsabilidades son actitudes autónomas, se originan en el individuo y pueden coincidir lateralmente con factores externos. En el caso arriba citado, la sociedad moderna juzgará muy probablemente a la mujer reacia de la forma que sigue: “Si ella hubiese sido más cuidadosa se lo habría evitado, ahora debe responsabilizarse del hijo que lleva en sus entrañas”. Pero la sana y verdadera responsabilidad implica libertad para elegir -se trata del querer y no del deber-.




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No tolero a los intolerantes.




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El chasco que te va dejando un libro cuya historia encuentras insípida o aburrida en las primeras páginas e incluso en las que siguen puede compensarse con la prosa, si es buena, aunque para ello es menester que sepas apreciarla. Si la prosa también es mala, sometiendo a prueba tu fuerza de voluntad puedes proponerte acabar el libro para disciplinarte: “¡No me dormiré! ¡No me dormiré…!”




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Las reyertas entre la izquierda y la derecha son, por lo general, inconciliables: una y otra corriente política se orientan por filosofías enteramente distintas cuyos principios dan origen a sistemas que se oponen por necesidad. Podría decirse que, en esencia, buena parte de sus diferencias es de carácter ético.




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A causa de la propaganda de los medios de comunicación, la democracia en México es uno de los mitos más grandes y viejos. Parafraseando a un escritor que comparaba el amor con los fantasmas, pudiera decirse de nuestra democracia que “todos hablan de ella pero que nadie la ha visto”.